"Sin los Voluntarios no sería posible el Encuentro Europeo de Taizé".

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Es sábado a mediodía y más de ochocientos jóvenes aceleran los pasos para llegar a una de las carpas de lona blanca del río Turia. Se sientan humildemente en el suelo y permanecen en silencio unos minutos. 

Va a dar comienzo la primera oración del Encuentro Europeo de Jóvenes, organizado en Valencia por la comunidad ecuménica de Taizé. Pero estos no son los jóvenes que se esperaban; la carpa parece inmensa y repentinamente vacía frente a este pequeño grupo. Pronto empieza a sonar “El Alma que Anda en Amor”, la piel se pone de gallina y las voces de estos jóvenes llenan la carpa como si fueran quince mil, están llenos motivación y de Espíritu Santo: somos la avanzadilla, los voluntarios que hemos llegado dos días antes a Valencia para ayudar a que todo esté preparado antes del gran momento.

Tras una comida frugal –estilo Taizé–, comienzan a repartir los trabajos. A mí me han tocado dos: participar en la acogida de peregrinos de lengua inglesa, el día de la llegada, y acoger a los visitantes de un solo día (Day Visitors), durante el resto del encuentro. Es cierto que, al principio, me siento algo intimidado: es la primera vez que acudo como voluntario a Taizé y la necesidad de realizar los trabajos en una lengua que no es la propia provoca ciertos nervios y un nudo en la garganta. Unos minutos después, aparece el hermano de Taizé responsable del primer trabajo: es el hermano Han Yol, coreano, que aparece con una sonrisa tranquilizadora. Resulta que mi trabajo es laborioso, pero no es complicado: coordinar la distribución de todos los papeles necesarios para mi grupo de acogida y asegurar el suministro. Los voluntarios encargados de acoger a los anglófonos somos un grupo diverso y bastante divertido (americanos, polacos, japoneses, dos chicas de Hong Kong y un español); a los cinco minutos ya estamos todos riendo y gastando bromas. Con un grupo así, en seguida se siente el espíritu de Taizé y se trabaja con alegría, ¡incluso cuando hay que comenzar a las 6:30 AM!

Tras el fin de semana de preparación, llegó el día D y la hora H. Trescientos autobuses llegan a Valencia y sabemos que unos cuantos vienen para nosotros. La jornada fue de doce horas de trabajo y, sin embargo, la recuerdo como la mejor que he vivido desde que conozco Taizé. Viví la experiencia con una intensidad que difícilmente podría describir. Hubo tiempo para todo: cantar, bailar con los jóvenes que acogíamos, compartir y conocer a cientos de hermanos, que no sabía que tenía. Impresiona sentir a un hermano en una persona de viene de California o de Japón y que nunca habías visto antes. El cansancio no se nota, solo te importa que aquellos que llegan tras un largo viaje se encuentren acogidos como en casa.

Haciendo un balance, a lo largo del encuentro, el trabajo diario me quitó el tiempo libre que normalmente habría dedicado a estar con mi grupo de amigos murcianos. Incluso se me hizo raro no poder coincidir con mis amigos de Taizé y pasar tiempo con ellos. Y no salgo prácticamente en ninguna foto. Sin embargo no lo lamento. Estando de voluntario estuve con ellos. Sé que, como voluntario, puse lo que estaba en mi mano para que el encuentro fuese un poquito mejor y así mis amigos pudieran disfrutarlo. Los encuentros de Taizé salen adelante únicamente por el trabajo de los voluntarios y, sin ellos, no habría Taizé.

Además, esto me ha hecho reflexionar durante estos días acerca de las bases de la comunidad de Taizé. Allí, los hermanos continúan la profunda sabiduría encerrada en el ora et labora, acuñado por san Benito hace más de mil años. Si bien todas mis experiencias anterioreslas había centrado en la oración, los cantos y el silencio que te eleva a Dios –como solamente en Taizé ocurre–, ahora he comprendido que no puede romperse el equilibrio entre la reflexión y la acción. Los hermanos de Taizé lo viven así y, así, todos ellos tienen un trabajo y una responsabilidad en la comunidad. Se trata de no dejar de buscar a Dios en cada ámbito de la vida y, también, es necesario aprender a trabajar, incluso en tareas penosas, sin dejar de alabar y bendecir al Señor. Y eso mismo quieren enseñar a los jóvenes que se acercan a Taizé. Es una pedagogía que, además, creo que me va a servir para mi trabajo diario, de vuelta a casa, para seguir buscando a Dios no sólo en mi tiempo libre, sino en las cosas sencillas del día a día.

En esta semana he comprendido mejor que, trabajando con alegría y poniendo amor en lo que hago, me acerco más a un Dios que es Creador. Dios trabaja; continúa trabajando en y sobre la historia de los hombres (B. XVI). La vida de un cristiano debe ser, continuamente, un trabajo dirigido a los hermanos.

Por eso, siempre que me sea posible, cada vez que vuelva a Taizé o a un Encuentro Europeo, intentaré volver de voluntario. Y os animo a todos a hacerlo así. No entendería que os aconsejaran lo contrario: os estarían privando de una parte importante del sentido de Taizé y de vivir una intensa experiencia de vida cristiana. Yo lo he comprendido hoy, con 29 años, pero espero seguir poniéndolo en práctica, cada día, para acercarme a Dios; y así, poco a poco, tratar de ir colmando y calmando ese deseo íntimo y profundo del alma: “Nos has hecho, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti”.

 

Ramón Otón. Joven de la Parroquia San Francisco Javier, de San Javier (Murcia).

Voluntario en el Encuentro Europeo de Taizé - Valencia 2015