"Gracias es la palabra que resume toda mi experiencia".

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Me llamo María, tengo 25 años y pertenezco a la parroquia Nuestra Señora del Rosario de Torre Pacheco.

El motivo que me llevó a hacer esta experiencia fue a raíz de una peregrinación con un grupo de mi parroquia a Tierra Santa en Cuaresma del año pasado donde tuve un fuerte encuentro con Dios. Meses después, hablando con mi párroco Don David, me aconsejó que una experiencia de voluntariado ayudando a los demás podría ser una opción interesante para encontrarse con Dios y servirle. Y así fue cómo surgió la idea de llevar a cabo una experiencia de misión. Gracias a Pili y al cura Antonio, mi compañera Inma y yo nos pusimos en contacto con el delegado de misiones de la Diócesis de Cartagena que nos informó de este campo de trabajo en Camerún.

Era consciente de que sería una experiencia dura ya que supondría viajar a un país pobre en comparación con España donde todo sería distinto: el clima, la cultura, el idioma, la comida. Pero al llegar allí me di cuenta de que por muy distinto que fuera todo, había “Alguien” que nos unía y nos acompañaba cada día y ese “Alguien” era Dios.

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Estuvimos colaborando en las tareas de una leprosería. Visitábamos las distintas parroquias y realizábamos juegos y actividades con los niños y diferentes talleres con los adultos. Celebramos también el día del deporte con los jóvenes cameruneses, visitamos un orfanato y compartimos buenos momentos con las religiosas de la Resurrección y las misioneras de la Caridad. Además visitamos una tribu de pigmeos en la selva accediendo en canoa por el río y realizamos una excursión a la playa con los jóvenes cameruneses. Los últimos días nos dirigimos a la casa de los Misioneros Javerianos de Yaoundé, la capital de Camerún, donde participamos en diferentes actividades de grupos parroquiales. Y lo más importante es que todo esto no hubiese sido posible sin la ayuda del Señor, donde cada día nos reuníamos todo el grupo durante la celebración de la Eucaristía o después de la oración de la noche para compartir nuestros sentimientos, emociones, sufrimientos y alegrías, ofreciéndoselos al Señor y dándole gracias por todo lo vivido y aprendido cada día.

 “Gracias” es la palabra que resume toda mi experiencia. Gracias a Dios porque sin Él esta experiencia no hubiese sido posible. Dios nos ha elegido a cada uno de los miembros de este grupo misionero y yo personalmente me siento privilegiada por ello. Gracias también a los dos sacerdotes que nos han acompañado, Antonio y Paulino, por la formación que nos iban dando durante los meses previos en cada una de las reuniones y por organizarlo todo hasta el último detalle. Han estado desde el primer momento muy pendientes en todos los aspectos para que todo saliera bien. Gracias a mi familia por apoyarme, incluso desde el Cielo, a todas las personas que han rezado por este grupo misionero y a todos los que han colaborado con su aportación económica o material para que este proyecto haya podido salir adelante. Y por último, gracias a todos los compañeros del grupo que me han apoyado en todo momento, a los Padres Javerianos que nos han acogido y a todos los cameruneses que Dios ha ido poniendo cada día en nuestro camino contagiándonos con su sonrisa y transmitiéndonos su alegría.

Antes de embarcarme en esta experiencia era consciente de que sería duro porque supondría dejar a un lado mi seguridad, desprenderme de todas mis comodidades y lanzarme a lo desconocido. Y así fue. Personalmente no me resultó nada fácil adaptarme a tantos cambios. Los primeros días fueron muy duros para mí, los problemas de estómago no mejoraban y me impedían disfrutar. Pero con el apoyo de mis compañeros y ofreciéndole mi sufrimiento al Señor, comencé a adaptarme y a sentirme mejor. En medio de mi sufrimiento me decía una y otra vez: “si Dios quiere que esté aquí y así, pues aquí y así tengo que estar. Esto me hará fuerte”. Y le pedía al Señor que se hiciera presente en medio de mi sufrimiento para ayudarme a llevarlo de la mejor forma posible. Y así fue. El Amor de Cristo se hizo presente en todos y cada uno de los pequeños detalles del día a día: en la sonrisa y en las palabras de agradecimiento de los enfermos de lepra, en los consejos que me daban cada uno de mis compañeros, en la mirada de agradecimiento y en la felicidad de los niños, en los abrazos que recibíamos de los cameruneses… Incluso en cada lágrima de despedida, no por la tristeza de nuestra partida sino por todos los sentimientos que guardamos y compartimos españoles y cameruneses en nuestros corazones.

Lo que más me impactó de la Iglesia local fue la importancia que le dan a la Misa del domingo donde todos los cristianos celebramos el Día del Señor. En cada una de esas celebraciones podía ver que Jesucristo está presente por encima de todo. La celebración de cada domingo era para ellos una gran fiesta de gozo y alegría acompañada por sus típicos cantos y danzas donde participaba todo el pueblo, desde los más pequeños hasta los más ancianos. Independientemente de la pobreza económica y material que puedan tener, vestían sus mejores ropas cada domingo incluso en los barrios más marginados, dándole a este día la importancia que se merece. Esto me hizo ver que “quien a Dios tiene nada le falta”.

Cuanto más se acercaba el día de embarcarnos en este experiencia, más miedo tenía porque allí todo sería diferente. Estaba a punto de lanzarme a lo desconocido, de dejar a un lado mi seguridad, mis comodidades. Pero en este campo de trabajo he podido experimentar que Dios ha estado grande con nosotros. Si lo dejamos todo en sus manos, para Él no hay nada imposible. Si gracias a Dios he podido afrontar el sufrimiento y las dificultades de cada día estando lejos de mi casa, de mis seres queridos… de ahora en adelante también con Él me veo capaz de superar cualquier prueba que me ponga la vida independientemente del miedo que pueda tener.

Algo muy importante que he aprendido durante estas tres semanas conviviendo con estas personas en medio de su pobreza, humildad y sencillez, que carecen de recursos económicos y materiales y que aparentemente no tenían nada pero lo daban todo, es que teniendo a Dios en tu vida lo tienes todo. Y eso me lo han demostrado día a día en cada gesto, en cada mirada, en cada caricia, en cada sonrisa, en cada abrazo, en cada palabra.

Otro aspecto a destacar es que desde hace algo más de un año, gracias al cura Jesús, conocí a las Monjas Justinianas de Madre de Dios de Murcia y las visito de vez en cuando. Cuando estoy allí siento mucha paz y por miedo nunca me había decidido a hacer una experiencia en el convento. Uno de los frutos de esta experiencia en Camerún es que gracias a Dios por fin me siento decidida para hacer próximamente esa experiencia en el convento. Esto me ayudará a saber realmente si esta inquietud que siento viene de Dios y si este convento es realmente el sitio donde Dios me quiere plenamente feliz.

Recomiendo esta experiencia porque es una buena oportunidad para encontrarnos con Dios, desprendernos de todas nuestras comodidades, lanzarnos a lo desconocido, superar nuestros miedos, darnos a los demás, conocer otra cultura, conocernos mejor a nosotros mismos, dejarnos sorprender por Dios, abandonarnos en sus manos, dejar que Él ensanche nuestro corazón y que sea Él el que obre en nuestras vidas.

María López.

Joven de la parroquia de Ntra. Sra. del Rosario, (Torre Pacheco, Murcia).