"Hemos podido vivir la Esperanza de Cristo de primera mano".

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“Me llamo Mamen, tengo 31 años y acabo de vivir la mejor experiencia de mi vida...”. Esté sería mi testimonio ideal, claro y conciso, y tan real como la vida misma. Con esto podría terminar, pero no. Os cuento algo más y para ello vuelvo a comenzar…

Me llamo Mamen Aniorte, nací hace 31 años en la “trimilenaria” ciudad de Cartagena y desde hace unos 13 años soy feligresa activa de la parroquia San Fulgencio de mi ciudad. Soy Trabajadora Social, una vocación que tenía clara desde mi juventud y de la que cada día me convenzo más. Ésta, unida a mi Fe, hacen de mi vida y mi trabajo una gran misión sin salir de casa.

Desde hace muchos años estaba buscando una experiencia misionera, motivada por las Hermanas Adoratrices, congregación con la que me he criado y con la que he aprendido a Amar a Jesús en la Eucaristía y a verlo en los demás. Pero siempre ha ganado el miedo y la pereza… Nunca me habían puesto la oportunidad tan en bandeja como lo hicieron este año los Padres Javerianos y la Delegación de Juventud de la Diócesis de Cartagena. Todo fue trabajo de la providencia, y como siempre tuvo buenos frutos.

No viajé con ninguna expectativa, y doy gracias a Dios por ello pues, lo que encontré allí en Camerún hubiera escapado de todas mis ideas, creadas desde la falta de humildad de la experiencia de una vida regalada y llena de derechos adquiridos desde mi nacimiento.

Los primeros días sentí una rabia inmensa por pensar en las injusticias de la vida. ¿Por qué yo sí y ellos no? Pero, ¿qué es sí y que es no? ¿Por qué yo sí tenía un buen calzado, ropa y comida a diario, derecho a estudios gratis, y un largo etcétera de cosas “mejores” que lo que ellos tenían y aun así, no alcanzaba la felicidad total que veía en sus miradas? Entonces, después de un cabreo interior conmigo misma y una larga “discusión” con el Jefe de arriba, retumba en mi mente una frase“Si alguno quiere venir en pos de Mí, niéguese a sí mismo, cargue con su cruz, y sígame”…

Y efectivamente, lo mío no era mejor.  Hemos podido vivir la Esperanza de Cristo de primera mano. Esas personas que, sin tener nada, lo tenían todo, y sobretodo tenían a Dios a su lado. Y se sabían amados, a la vez que agradecidos.

Uno de los últimos días de nuestra estancia allí, yo aún seguía en mis trece, pensando lo mejor que se vive en el que llamamos primer mundo, y me aventuré a sugerirle a un amigo camerunés que cogiera de la mano a su familia, dejase su vida allí y se viniera a España, que le podíamos facilitar la entrada a través de una invitación formal, ayudarle a encontrar un trabajo y una casa, a tener una vida mejor, y su respuesta fue un No rotundo. Con mucha paz me dijo que aquello era su vida, y que amaba su vida.

Está claro que el misionero no puede ir como salvador del mundo. Hemos hecho cosas buenas por la comunidad donde hemos compartido la experiencia, les hemos ofrecido nuestro tiempo y conocimientos, hemos vivido la realidad de la Iglesia Universal, sintiéndonos familia en un lugar tan alejado de nuestro hogar, pero lo más importante y aunque sea una frase muy utópica: Nos han dado mucho más de lo que le hemos llevado nosotros a ellos.

He vivido la experiencia más fuerte de mi vida, tanto humanamente como espiritualmente, y volvería a vivirla ya mismo. Tanto es así, que desde que volvimos, mi mente no está descansando, pienso en cada momento la importancia de la misión, tanto en casa como en los países que nos reciben y, quien sabe, la posibilidad de darle un giro a mi futuro…mamá, no te asustes.

Mamen Ainorte.

Joven de la parroquia San Fulgencio (Cartagena, Murcia).