"Camerún, mi otra mitad."

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Soy Lucía García y ha pasado casi tres meses desde que hice mi segunda experiencia de misión, puedo decir que ni un solo día ha pasado sin que recuerde algo o alguien de lo vivido allí.  Creo que he ido dejando el escribir mi testimonio porque había sido un antes y un después tan  importante en mi vida que no quería reconocer y con la conclusión de que ha sido una experiencia fuerte, una experiencia que ha cambiado mi propia historia personal y una experiencia que espero y deseo con todas mis ganas me acompañe en mi actuar día a día de por vida, me fui a dar y vine llena. Mi primer encuentro de misión fue muy importante también en mi vida, fue en Ceuta-Tetuán, allí aprendí a respetar las distintas confesiones religiosas, a sensibilizarme con las condiciones de vida de los inmigrantes y a acoger.

No es fácil ir a la misión, yo he crecido en una familia comprometida y esos valores los he tenido desde siempre, por eso creo y retomando mi testimonio, que la primera toma de contacto en Camerún fue muy bonita, también deciros que iba con el propósito desde España de no fallarles a mis padres y por supuesto, no fallarle a Él. Como digo, todo el mundo no está preparado, tienes que dejar todas las comodidades, la señal wifi, el microondas, el secador del pelo, la plancha del pelo, el mando de la tele, pero con su ayuda y dejándonos ser sus instrumentos es posible y no cambiaria mi mes de julio por nada de este mundo.

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He disfrutado muchísimo de esa alegría que desprenden, de esos abrazos interminables y miradas que hacen que te cuestiones muchas cosas. He hecho grandes amistades y he visto la gran diferencia que hay entre nuestro mundo y el suyo, me he visto impotente ante muchas situaciones, como por ejemplo, vivían hacinados en el orfanato, o como vivían en condiciones infrahumanas en la cárcel a la que asistí con uno de los misioneros de la casa, deciros que la cárcel tiene capacidad para poco mas de 200 y viven 1500, los hombres separados de las mujeres, pero los hombres no tienen ni siquiera un techo donde refugiarse, es la perdida de la dignidad en grado sumo, pero madre mía, que sed de Dios, acompañé al padre en el recorrido por la cárcel y acabamos con la eucaristía, estaba llena a rebosar, ellos que habían perdido todo, tenían lo más importante y que nadie podría arrebatarle, a Dios.

En Camerún se cumple el dicho de que hay que tener suerte de donde se nace, deciros antes de contaros nada, que a Paulino lo quieren muchísimo, los misioneros son muy respetados pero se lo han ganado a pulso, estando con la gente, siendo los primeros en coger el pico y pala, llevando a los enfermos al hospital, acompañando, acogiendo, vistiendo, sanando, etcétera y etcétera…

No hace falta decir que una gran  parte de mi corazón, lo ocupa Camerún, sus gentes, su clima, su olor, mi amigo el leproso ciego al que tuvimos que hacer una foto antes de limpiarle la habitación para ponerle todas las cosas tal y como estaban para que él no tropezara. A todos tengo en mis pensamientos y oraciones diarias y como propósito para este año tengo el mejorar mi francés para volver en julio a Camerún y poder acoger más y mejor.

Lucía García.

Joven de la diócesis de Córdoba.