"Sé valiente, déjate llevar."

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Soy Laura García y este año tuve el regalazo del Señor de vivir mi segunda experiencia de misión, la primera fue en el verano de 2014 en el campo de trabajo Ceuta Tetuán a cargo de los misioneros javerianos, me siento una privilegiada, ya que mi madre anima y desea que tengamos estos encuentros con Cristo y mi padre aunque protesta al principio, porque piensa más con la cabeza los peligros, es feliz porque ve lo felices que somos y lo cambiadas que venimos cuando llegamos, porque estas experiencias ha supuesto un antes y un después en nuestra vida.

Lo que si tengo claro es que a la misión va quien Dios quiere, ni más ni menos, Él es el que nos envía, Él mueve los hilos para que sea posible. Cuando tuvimos conocimiento de esta experiencia que hacía la delegación de Murcia, nuestro ánimo se convirtió en fracaso ya que iba dirigido a universitarios del área sanitaria y ni mi hermana ni yo, estudiamos esos grados, sólo nos unía que el misionero es uno más de casa, pero ya está, yo estudio 4 curso de doble grado de ADE y Relaciones Internaciones y mi hermana 2 curso de doble grado de Psicología y Criminología….pero como digo anteriormente, Él mueve los hilos y se produjeron bajas y pudimos ir. 

Yo tenía claro a lo que iba, pero la llegada a Camerún rompe todos los esquemas, jamás puedes imaginar la situación que se vive allí y encima es normal para ellos, tras 8 horas en una furgoneta hicimos el recorrido a la misión de los javerianos, decir que no había baches en la carretera, eran verdaderos barrancos,  hasta incluso se cayeron maletas de la baca de la furgoneta, el camino era para sentir que peligraba tu vida, pero puedo decir que ningún solo día en la que montábamos tres en una moto, diez en un coche o 30 en una furgoneta de diez, en los que a veces el camino o la carretera se perdía e íbamos campo a través, sentí esa intranquilidad, sabía que si el Señor me había mandado allí era por algo y que me iba a cuidar, aunque también había momentos de incertidumbre.

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Nos adaptamos rápidamente a nuestra vida en la misión, fuimos acogidos con muchísimo cariño por los misioneros que allí viven, parecían que nos conocían de toda la vida, también estuvieron presentes catequistas y familias de la parroquia. Tengo que decir, que conocimos al resto de los jóvenes en el aeropuerto ya que eran de Murcia y soy muy tímida y hasta de eso, el Señor está pendiente, suple nuestras deficiencias y Él las cubre con creces y así se inició desde el mismo aeropuerto de Barajas, una  relación muy bonita de profunda amistad con el grupo.

Nuestra agenda era muy apretada y con muchas horas de trabajo, me quedo con un inciso de la primera reunión que tuvimos el grupo, Paulino nos explicó el plan y nos dijo que rezaríamos a diario, laudes, vísperas, completas, eucaristía, oración de la noche y yo por dentro pensaba: “Qué leche pinto yo aquí…”. Paulino nos dijo que nos sintiéramos libres de asistir pero que eran muy importantes para hacer una buena misión, deciros que aún hoy me sorprendo de que no falté a nada.

La misión ha hecho que valore mucho mi suerte, que es como si jugáramos una partida de cartas y a nosotros, nos tocó sota, caballo y rey y como a ellos en el reparto, les tocó el uno y el dos, no más. Somos unos privilegiados y unos quejicas, cuanto más tenemos, más queremos… ver a las personas como viven, con lo que viven, con una sola ropa que llevan impecable y encima son felices y agradecidos (Paulino nos contaba que normalmente van en calzoncillos siempre pero para ir a vernos o para ir a la parroquia, se vestían y deciros que siempre acudieron con la misma). El primer día que llegué a la Dibamba me costó mucho entrar y  empatizar con los enfermos de la leprosería, no entendía que pudieran soportar vivir en esas condiciones y soportar ese dolor y yo con una rajita que me hago, casi me muero, y me tuve que salir porque era superior a mí, poco a poco, me acostumbré y disfruté muchísimo de la experiencia. En esos días, las mamas hacían la comida y se las llevábamos a los leprosos, nos recibían con mucha alegria y que gustazo daba estar con ellos, abrazarlos era un privilegio al alcance de unos pocos y yo era una de ellas. Allí descubrí porque Dios me había mandado allí, porque como decía la madre santa teresa, yo era una pequeña gota que puede cambiar el mundo, pero esa gota es importante para cambiarlo, todo cuenta por pequeño que sea el gesto y el Señor quería que yo viera con mis propios ojos como era ese mundo, como vivían mis hermanos y yo cambiara mi actuar, fuera más coherente.

  Puedo decir que lo que viví en Camerún lo viví muy intensamente, extremadamente feliz, despreocupada de la plancha del pelo y siendo solamente yo, tuvimos momentos para todo, momentos de impotencia ante muchas situaciones, momentos de pánico para unos y risas para otras como cuando mientras cocinábamos nos acompañaban nuestras amigas las ratas, que si no fuera por el rabo podían pasar perfectamente por gatos.  

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Hago incapié en la unión entre hermanos, creo que es mayor que la nuestra, al menos, así lo percibí yo, como verdaderos supervivientes que son, cuando íbamos por las comunidades llevábamos galletas a los niños  y siempre se guardaban parte, cuando le decía cómetela que te doy más…seguían guardándose esa otra parte para su hermano/a, abuelo o abuela…era impresionante.

Deciros que mi gran ilusión hoy por hoy es volver a la misión de Camerún  este verano y realizar los proyectos que decida la delegación hacer allí, mejorar mi francés porque es necesario y quiero dar lo mejor de mí en la misión. Volver a encontrar esas caras amigas, que siempre estarán en mi corazón, porque Camerún se instaló en mi corazón y difícilmente saldrá.

Laura García.

Joven de la diócesis de Córdoba.