"Tengo la misión de anunciar todo esto que he vivido."

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Mi nombre es Isidro de la Ossa Guirao, tengo 21 años y pertenezco a la Parroquia de Santa María Magdalena de Cehegín. Estoy cursando mis estudios de Medicina en la Universidad de Murcia, y además colaboro en varios ámbitos de la Delegación de Pastoral Juvenil, aportando todo lo que pueda dar de mí, pero sobre todo recibiendo mucho de la enriquecedora labor que esta Pastoral ofrece. Y tanto es así que una de las mejores experiencias de mi vida ha sido este Campo de Trabajo en Camerún; podría decir que es la vivencia que más me ha llenado, porque en el fondo de mi corazón realmente necesitaba formar parte de una experiencia de misión; necesitaba saborear la misión. Llevaba muchos años queriendo vivir esta realidad de primera mano, pero no era capaz de dilucidar cómo y cuándo sería.

Han pasado ya varios días desde que dejamos África, y estando aquí en mi tierra no he podido dejar de recordar ni un solo día algún detalle de estas tres semanas en Camerún. Ha sido un curso muy duro, en el que he tenido que trabajar mucho para llegar hasta el final, y en cada esfuerzo, en cada página de mis apuntes, en cada hora de clase, en cada examen, siempre estaba presente mi deseo irrefrenable de ir a África. Cada minuto dedicado a mis estudios era un motivo más para creer que Dios realmente me llamaba a estar allí. Además de la geografía de África y la situación de algunos países, poco podía yo conocer de este continente, y mucho menos de sus gentes. No sabía qué imaginar. Me encontraba ante una ventana impregnada por el vapor, que apenas devolvía reflejo: estaba deseando pasar la mano para ver qué había al otro lado, qué me quería enseñar Dios. En definitiva, no tenía ni idea de qué iba a encontrarme, tan solo conocía unas leves pinceladas que nos había dado el padre Paulino sobre Camerún y sus gentes, que ayudaron sobre todo a llenar la maleta de las cosas necesarias para previsión. Es fundamental cuidar de la propia salud antes de visitar África, ya que es un mundo muy distinto al que nuestro organismo no está acostumbrado, y de nuestro bienestar depende la eficacia del trabajo que vayamos a realizar.

Me quité las gafas que acostumbro a llevar en España, con la idea de dejarme sorprender por todo lo que iba a ver y vivir en esas tres semanas. Los primeros días no dejaba de maravillarme, escandalizarme, enfadarme con lo que veía, divertirme, relajarme, desesperarme; toda esa mezcla de sentimientos en un solo día a veces. Ha sido un contraste tremendo, un golpe bajo e intenso a aquellas cosas en las que yo consideraba que eran primera necesidad. Conforme pasaban los días, la visión cambiaba; despertaba a la realidad diaria de un camerunés, me desprendía poco a poco de lo que yo pudiera sentir y pensar, para limitarme a observar. Muchos momentos los he dedicado a eso, a pararme a contemplar. La nube de miseria es enorme allí, en infraestructuras precarias, condiciones pésimas para la salud, caminos llenos de baches y siempre embarrados, niños buscándose la vida en la calle, orfanatos que bien podrían ser prisiones, heridas demasiado extensas… desidia, desdicha.  Sin embargo, esa nube se abría en algunos momentos para hacernos ver que, aunque cueste imaginarlo, allí hay mucha felicidad, hay sonrisas, hay música, hay baile… ganas de vivir y salir adelante.

 Los católicos cameruneses alaban al Dios que los libera, que les da dignidad y muere por ellos, y eso lo veíamos cada domingo en las misas, que eran dos horas y media de fiesta y alabanza a Cristo Resucitado. Eran un ejemplo a seguir para nuestras parroquias de aquí, porque veíamos a personas participando en la celebración con la alegría y el entusiasmo que solo se puede tener hacia lo más importante que uno tiene: el amor de Dios. He visto el rostro de Jesús, en cada joven, en cada niño, en cada mujer y en cada hombre, porque nos miraban como hermanos y su generosidad no tenía límites, a pesar de que sabíamos que cada comida o detalle que nos ofrecían les iba a costar mucho dentro de sus posibilidades.

Sin embargo lo más fuerte que he experimentado sin duda ha sido mi estancia en la Leprosería de la Dibamba. Sabía que me iba a encontrar algo muy diferente a lo que estamos acostumbrados a ver en España, pero no era capaz de imaginar cuánto. Mi ventana empañada se limpió bastante aquellos días, contemplando la realidad de los enfermos de Camerún. En la enfermería vi personas con heridas impresionantes, dolorosas hasta extremos que no podía vislumbrar. Jamás he tenido unas prácticas clínicas tan intensas como esos días. Jamás habría pensado que iba a ver, a estas alturas, una operación de injertos de piel sin anestesia, algo que es un lujo inasequible para ellos. El sentimiento de impotencia y de dolor que afloraba en mi interior era muy grande, pero el escuchar “merci beaucoup” de boca de los pacientes, a pesar de haberles hecho sentir dolor en las curas, la sonrisa y amabilidad de todo el personal, tener cerca a mi querida Cristina, compañera de fatigas, y a la hermana Pascal, carmelita misionera, superheroína donde las haya, todo eso hacía que aquello tuviera un sentido, y que me diera cuenta de que Dios me estaba llamando en cada momento. El dolor, para los enfermos, era una forma de vida y lo entendían como algo necesario para la curación, que muchas veces llegaba, porque había fe, de eso estoy más que seguro.

También hicimos talleres y juegos, en los que compartimos momentos inolvidables con nuestros hermanos cameruneses. Construir la sala de catequesis y trabajar mano a mano con ellos ha sido increíble y me hacía preguntarme qué había de malo en reconocerlos como hermanos nuestros, pensamiento que impregna la mentalidad de muchos todavía y que hace que la pobreza y la miseria se mantengan como algo que, para unos cuantos, parece necesario, por cruel y macabro que suene.

Seguir escribiendo sobre todo lo que hicimos allí haría de este testimonio un diario. No es mi intención que así sea, pero no por ello dejo de tener ganas de contar todo lo que he vivido. Solo decir que ha sido tanto que mi vida creo que ya no es la misma, al menos en mi interior, conmigo mismo y con Dios. Resumo todo en una palabra: MERCI (gracias por lo que he vivido, y también por el agradecimiento que nos han brindado en cada momento como amigos del padre Paulino, que tanto bien hizo allí durante 12 años).

Y ahora: REALIDAD. Tengo la misión de anunciar todo esto que he vivido, y cambiar primero mi mundo, para pretender que el mundo sea un lugar más justo y la solidaridad sea una acción necesaria para que exista el progreso. La misión ha hecho un bien incalculable en África, y lo sigue haciendo. Debemos apoyar todas las iniciativas misioneras y hacer de nuestra Iglesia un gran hogar en el que hagamos hueco para los favoritos de Dios, aquel por los que verdaderamente se entregó. La misión de nuestro grupo sigue, y tenemos mucho trabajo por delante. La sociedad sabe que existe todo lo que hemos visto, pero nuestro deber es tender puentes hacia allí y hacer caminos de fraternidad y amor.

Habrá noticias de nuestro grupo, al que invito a unirse a todo aquel que se haya planteado mirar un poco más allá y que se sienta con fuerzas y ganas de hacer de la juventud una herramienta para la misión. No hay edad para sentirse más o menos joven; tal vez en la ayuda a los demás es cuando más joven se siente uno. Hay esperanza, hay manos comprometidas, hay ganas de darse. Hay vida, c’est la vie:

C’est la vie, la vie la vie oh la vie é
Elle est bien la divine amie,
Nous dévisage et nous sourit

(Así es la vida, la vida, la vida oh, la vida es

es la amiga divina

nos miramos y sonreímos)

Henri Dikongué, C’est la vie, canción popular en Camerún

Isidro de la Ossa.

Joven de la parroquia Sta. Mª Magdalena, (Cehegín, Murcia).