"Esta experiencia me ha mostrado que la misión consiste en dar y en recibir".

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Mi nombre es Cristina y tengo 18 años. Mi parroquia es la de los Padres Capuchinos de Murcia. Me enteré de la experiencia de misión que planeaba la Deleju a través de unas amigas y como además ya llevaba un tiempo pensando en que quería ir a África, me sumé al proyecto.  La verdad es que no llevaba ninguna idea en concreto de cómo iba ser la experiencia puesto que a pesar de que teníamos reuniones mensuales, no pensaba mucho en ella porque estaba concentrada en los exámenes y en el final del curso. Sin embrago, vendiendo las pulseras, rosarios etc para recaudar fondos, me he dado cuenta de que Paulino (el misionero javeriano que ha llevado el proyecto) llevaba mucha razón cuando nos decía quela misión empieza aquí, con nuestros amigos, familia, conocidos…porque al ofrecerles las cosas que vendíamos, me daba cuenta de que en realidad la gente quiere ser partícipe de obras grandes como esta y que de una forma u otra, a la mayoría de personas les toca el corazón.

La primera semana de la experiencia fue la que más disfruté porque aunque no fue mucho tiempo el que pasé en la Leprosería de la Dibamba, pude aprender tanto que es difícil expresarlo con palabras. Puesto que estoy haciendo la carrera de medicina, estuve en la enfermería junto con Isidro que también será médico en un futuro, con los enfermeros cameruneses y hermanas misioneras como la hermana Pascal. De ellos he aprendido que “no hay que ser más médico, sino más humano” y de los enfermos me impactó muchísimo lo agradecidos que eran y su fortaleza. Les estábamos curando heridas de lepra o heridas que eran úlceras enormes y profundas y ellos en vez de quejarse, nos miraban, sonreían y nos daban las gracias. Ahora cada vez que me voy a quejar de algo insignificante, me vienen a la cabeza los rostros de estas personas que saben llevar el sufrimiento de una forma admirable y me doy cuenta de que lo que a mí me puede pasar no tiene ni punto de comparación con las situaciones de estas personas.

Además de estar en la leprosería, también visitamos algunas parroquias en las que hacíamos talleres de productos que pudieran vender después. Lo que me llamó la atención es que a uno de estos talleres vinieron unas mujeres musulmanas que luego nos hicieron unos regalos y me sorprendió que siendo de otra religión, se sintieran libres para entrar a una iglesia y acudir a un taller de misioneros católicos. En este hecho pude ver que realmente todos somos hermanos y que debemos resaltar nuestras semejanzas y no nuestras diferencias, apoyándonos y sirviéndonos unos a otros sin importar religión, raza o sexo.

También estuvimos visitando un orfanato, y además pasamos mucho tiempo con los niños cuidándolos mientras sus madres hacían los talleres. Ellos son los mejores maestros de la humildad, sencillez y generosidad. Recuerdo a una niña en concreto de la cuál aprendí el valor y la esencia de lo que significa compartir porque al regalarle un paquete de galletas sin pensarlo un segundo lo abrió y lo primero que hizo fue ofrecerme una a pesar del hambre y la falta que ella tenía de esa galleta. Es un gesto que nunca olvidaré.

Esta experiencia me ha mostrado que la misión consiste en dar y en recibir, o mejor dicho, en recibir y dar porque he aprendido muchísimo de los cameruneses y de los demás misioneros del grupo. He aprendido que el sufrimiento se puede llevar con alegría, que no hay que preocuparse por el mañana, sino vivir intensamente el hoy y confiar en Dios. Él ha estado grande conmigo por haberme dado esta oportunidad tan única y haberme permitido ver que su Iglesia es universal, que realmente estaba allí entre nosotros y en cada uno de los cameruneses que se volcaban en lo que necesitáramos. También me ha enseñado a través de los africanos el valor de la Eucaristía puesto que allí el Domingo realmente es el día del Señor y a pesar de que las misas eran muy largas, se saboreaba el espíritu y alegría de Jesucristo en todos y cada uno de los momentos. Disfruté mucho con los animados cantos y bailes que hacían durante las celebraciones.

Si tuviera que resumir esta experiencia diría que es una sensación de plenitud y felicidad máxima. Doy gracias en primer lugar a Dios. También a mis padres por haberme apoyado a pesar del miedo a lo extraño y la incertidumbre de viajar a un país desconocido, así como doy gracias a mis amigos por apoyarme desde el principio. Por supuesto gracias a todos  los africanos por darme lecciones tan importantes parami vida, y como no, a los demás misioneros con los que he vivido esta experiencia:  Paulino, por abrirnos el camino y permitirnos ver cuánto te quieren en Camerún; Antonio, por tus chistes con los que moría de risa; Isidro, por haber estado conmigo en todo momento y haberme enseñado como ser un magnífico médico y persona; Jacinta, por tu locura tan hermosa; Ana, por ser tan cariñosa con los demás; Laura y Lucía, por la paz y buen rollo que transmitís entre vosotras como hermanas y con los que tenéis al lado; Aurora, por tu buena organización de los talleres de chanclas (¡menuda manitas eres!); Mamen, por la complicidad que teníamos al mirarnos y reírnos; Lourdes, por la sencillez y tranquilidad que me has transmitido en muchas ocasiones; Mariángeles, por ser tan divertida y por vivir juntas la experiencia de ir en moto por media Camerún; Inma, por ser la gran fotógrafa del grupo, y María; por mostrar tu amor a Dios y a la Eucaristía.  Sin todos vosotros esta experiencia no habría sido la misma.

A partir de ahora, toca vivir el día el día como lo hacía antes de irme a Camerún pero sé que será diferente por todo lo vivido en esta experiencia en la que me he dejado llevar ysorprender en cada momento. Es hora de que les hable a mis amigos de la suerte que tenemos y de la gran labor que hace la Iglesia con las misiones. Pero también me gustaría transmitir que no solo se puede ser misionero en África, sino que aquí también hay mucha gente que nos necesita.

Recomiendo esta experiencia a todas las personas que anhelan ser felices, que quieren aprender a valorar realmente lo que tienen en su vida y experimentar que Dios existe y ha estado grande con nosotros. Además, para servir no importa la edad, sino el espíritu de servicio, entrega y alegría que tengamos.

Cristina Alcázar.

Joven de la parroquia de los Padres Capuchinos (Murcia).