"La Iglesia debe ser misionera siempre y en todo lugar".

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Me llamo Aurora y tengo 26 años. Pertenezco a la parroquia de San Benito, de Murcia, y soy catequista allí. Prácticamente toda mi vida he estado muy involucrada en mi comunidad parroquial, que además colabora con frecuencia con campañas misioneras, por lo que la misión en países subdesarrollados no era algo ajeno para mí. Además, al estudiar en un colegio católico también había sido concienciada desde pequeña de la labor que hacen los misioneros y la necesidad de apoyarlos de una forma u otra. De hecho, es posible que mi inquietud por vivir una experiencia como la de Camerún me viniera de la adolescencia, cuando a través de alguna de las campañas de Obras Misionales Pontificias conocí la vida de San Francisco Javier y me entró curiosidad por ese estilo de vida.

Todo esto hizo que me decidiera enseguida a inscribirme en un campo de trabajo en Camerún al ver que lo ofertaba la Delegación de Pastoral Juvenil de nuestra Diócesis. Conocía además al misionero javeriano que nos acompañaba, Paulino, y a nuestro delegado de juventud, Antonio, por lo que tenía la tranquilidad de ir con personas de confianza y además a un lugar en el que Paulino había vivido varios años y donde residía una comunidad de javerianos. Yo creía que todos estos factores, junto con los anteriormente mencionados, me preparaban de sobra para lo que iba a vivir; creía que estaba perfectamente mentalizada para ello y que gracias a nosotros la vida de los africanos iba a ser un poco mejor… Y sí, creo que les hemos aportado algunas cosas, pero no de la manera que yo pensaba, que era la de convertirnos en algo así como un grupo de generosos héroes europeos.

En primer lugar, no es lo mismo conocer África a través de un reportaje que estando allí, respirando sus olores, probando los sabores de sus platos típicos, sintiendo la humedad de la estación lluviosa y pisando el barro de sus carreteras. Imagino que si vas a Camerún como turista todo eso debe de resultarte muy exótico, pero cuando vas como misionero unas veces te resulta interesante y otras extrañas las comidas de tu casa y tu ducha española con agua caliente. Según me fui acostumbrando al clima y al lugar, y en general fui superando el choque inicial, empecé a descubrir el carácter africano: gente muy pausada pero que vive intensamente el día a día, que agradece tu presencia y, sin conocerte, te acoge con un abrazo y una sonrisa. No sabría decir cuáles eran exactamente mis expectativas previas a esta experiencia misionera, pero mi sensación una vez allí fue que continuamente Dios me estaba dando toquecitos de humildad y me recordaba que yo no estaba allí para enseñar a los cameruneses un estilo de vida mejor que el suyo, sino para compartir mi tiempo con ellos y dar mi testimonio de vida cristiana a través de la actitud que yo mostrara ante todo lo que íbamos descubriendo; que a veces consistía en limpiar la habitación de un enfermo y otras era simplemente esperar con paciencia y sin perder los estribos un autobús que habíamos contratado y llegaba con dos horas de retraso.

Nuestras actividades allí iban desde la asistencia a enfermos en una leprosería hasta la realización de talleres con adultos y niños, de cara sobre todo a proporcionarles materiales e ideas de productos que ellos pudieran elaborar para vender, y así costearse sus estudios o aportar un extra a los escasos sueldos de sus familiares. También visitamos a niños y ancianos que eran atendidos por otras congregaciones religiosas presentes en Douala, la ciudad en la que pasamos la mayor parte del tiempo. Realmente la Iglesia desarrolla una labor fundamental en estos países, donde no solo hay una gran necesidad del mensaje de Cristo, sino que además ese mensaje se hace vida a través de los misioneros que acogen a los marginados y a los más pobres y les dan asistencia médica, les ayudan económicamente o incluso les proporcionan un hogar.

Si tuviera que quedarme con alguno de los muchos momentos vividos en Camerún destacaría los dos últimos días de esta experiencia, cuando estuvimos en Yaoundé, la capital del país, en otra de las casas de los misioneros javerianos en la zona. Dentro de la tarea evangelizadora que realizan los javerianos cuando comienzan a formar una parroquia se encuentra la creación de pequeños grupos o comunidades de barrio que se reúnen semanalmente en la casa de algún feligrés. En estas comunidades se lee el Evangelio, se pone en común lo que el Señor les transmite a cada uno, rezan juntos… Algo muy similar a lo que hacemos en muchos grupos parroquiales aquí, en Murcia, y a la vez muy diferente por el contexto de pobreza y sencillez en el que lo realizaban los africanos. Aunque en los días anteriores yo había experimentado que la Iglesia de Camerún es muy joven y viva, no fue hasta que llegamos a Yaoundé y participamos en una de estas reuniones semanales cuando sentí que realmente somos hermanos de una misma familia, que la Iglesia es muy diversa y rica en carismas, pero en realidad todos los católicos del mundo somos uno en ella porque compartimos la misma fe.

Y ahora, ¿qué? La verdad es que no me siento llamada a vivir de manera permanente en un país como Camerún, quizá porque siento que lo que hemos vivido allí tiene poco que ver con mi trabajo como maestra en España y mi labor de catequista y animadora de jóvenes, actividades que me llenan profundamente y que disfruto muchísimo. Me gustaría seguir apoyando los proyectos de misión desde aquí y colaborar en la animación misionera en las parroquias, ya que creo que no estamos lo suficientemente concienciados en Europa. En mi opinión, cualquier joven cristiano se beneficiaría muchísimo de una experiencia como esta, porque a veces estamos como anestesiados y no nos afecta en absoluto lo que nos llega por boca de los misioneros o de organizaciones presentes en países subdesarrollados. Doy gracias a Dios porque me ha regalado esta oportunidad y le pido que me ayude a ser instrumento para que otros jóvenes puedan conocerla. Quizá mi misión no esté en Camerún, pero en Murcia hay muchas personas, creyentes y no creyentes, que precisan de una actitud misionera por mi parte y la de muchos jóvenes católicos, que a veces estamos adormecidos. La Iglesia debe ser misionera siempre y en todo lugar.

Aurora Almagro Almagro.

Joven de la parroquia de San Benito (Murcia).