"Si alguien piensa que una misión es dar, tengo que decirle que se equivoca, porque siempre se recibe más de lo que se da".

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Hola, me llamo Ana y tengo 21 años. Me enteré de esta experiencia gracias a Isidro, él se lo dijo a mi madre y ella me lo comentó. Me acuerdo que estaba en el cine cuando me mandó el folleto del viaje y sin pensármelo dije: “mama quiero ir”, y la película paso a un segundo plano.  No paré de darle vueltas, por fin iba a poder cumplir mi sueño de irme a la misión, a África.

A las primeras reuniones me acompañaban mis padres y eso me dio mucha tranquilidad, el saber que ellos me apoyaban. Me quise ir sin ninguna expectativa y con la mente abierta a todo lo que allí se podía presentar y ver; pero con lo que no contaba era con que el corazón se me iba abrir allí. Nada más bajarnos del avión recuerdo que me temblaban hasta las piernas por todo lo que presentía que iba a vivir, y me quedé corta porque lo vivido allí ha sido demasiado para poder explicarlo con palabras. El primer día nos invitaron a una fiesta; al llegar a la acogida fue increíble, todo el mundo nos quería sin conocernos, pues íbamos acompañados de un misionero que allí había estado más de 10 años (y que tanto bien había hecho), sin duda los abrazos más sinceros que me han dado en mi vida fueron allí, de esos que duran minutos en la piel e imborrables en el corazón.

La primera semana estuvimos en "La Dibamba", una leprosería con unos 50 enfermos, allí les limpiamos las habitaciones, les llevábamos la comida y jugábamos con los niños; dos de estos días estuve en la enfermería con Isidro y Cristina, allí pude ver el sufrimiento de las personas enfermas. En las curaciones veías en sus miradas el dolor insoportable que les causaban esas heridas enormes, pero de ellos solo salía una sonrisa y un “gracias”. Recuerdo que mientras curaban a un hombre me dolía el pecho del agobio que sentía al no poder hacer nada para quitarle el dolor, cogí le puse mi mano en su rodilla y él me la cogió, me miró, sonrió y me dijo “MERCI” dándome un beso en la mano; no pude reprimir que las mis lagrimas brotaran, era la sensación mas intensa que había vivido en mi vida y un recuerdo que jamás podré borrar de mi cabeza y menos de mi corazón.

Por las tardes visitábamos parroquias realizando talleres con las mujeres y jugando con los niños. Allí me di cuenta del respeto que entre todos se tienen, ya que a uno de estos talleres acudieronmujeresde creencia musulmán y eran unas mas del grupo; nos queda tanto por aprender de ellos, que a pesar de diferentes religiones, sexo, maneras de pensar, raza o color todos somos iguales.

Las risas, besos, y abrazos de los niños eran la mayor muestra de felicidad que me podían dar. A pesar de las carencias que allí tienen la felicidad que desprenden es única.

Pasaban los días y cada minuto allí vivido era único e irrepetible, pero de repente el viaje de mi vida dio un giro de 180 grados al visitar un pueblo que prácticamente estaba construido sobre el agua y, en este, un orfanato. En el pueblo fuimos a la Eucaristía que allí se celebraba, nos estuvieron esperando dos horas porque llovió tanto que no podíamos pasar; yo fui en este viaje en un momento de crisis de Fe, por así llamarlo, pues estaba apartada de la iglesia. En un momento de la misa nos mezclamos entre la gente y rezamos el padre nuestro todos cogidos de la mano, allí yo encontré mi reconciliación con Dios, que aunque le des la espalda por un tiempo Él siempre está ahí caminando a tu lado, y al que siempre acudimos hasta sin pensar para pedir ayuda mediante la oración.

Al entrar al orfanato había un niño llorando, que tenía tres años aproximadamente, yo lo tomé y lo consolé; jamás olvidare los ojos de tristeza de ese niño. Pasé todo tiempo que estuvimos allí con el tomado, es el momento más bonito que he vivido en mi vida; recuerdo que les regalamos globos y él, mientras, solo quería que le siguiera dando galletas que les habíamos llevado. En ese momento me acorde de las veces que les decimos a nuestras madres: “no me gusta esa comida” y tiramos el plato sin pensar en la cantidad de niños y gente que darían lo que fuera por tener esa comida que nosotros despreciamos.

El momento de la despedida llegó y me veía incapaz de poder soltar a ese niño, al bajarlo al suelo se abrazó a mi pierna llorando; nunca me partirá nada tanto el corazón como tener que haber dejado a esos niños allí. Esa noche llamé a mi madre y solo podía llorar y pensar lo injusta que es la vida y lo egoístas que somos. Si a mí me dolió tener que dejar a esos niños allí, no quiero ni imaginar el dolor de esas madres al dejarlos allí porque no tienen nada que darles. 

Si alguien piensa que un voluntariado, una misión, un campo de trabajo es dar, tengo que decirle que se equivoca, porque siempre se recibe más de lo que se da.

Gracias a todas las personas que me han apoyado para conseguir mi sueño; a mis padres por apoyarme siempre, a mis compañeros porque sin ellos nada hubiera sido igual; todos me habéis enseñado muchas cosas. A todas las personas que con su donativo han hecho posible que realizáramos la misión allí; a Dios porque como dice mi madre: "Todo ocurre en el tiempo de Dios", y Él ha sabido darme este viaje en el momento exacto de mi vida.

Si tuviera que ponerle tres palabras a este viaje, sin duda, serían: “Increíble, Único, y felicidad”. Porque la felicidad más plena yo la he vivido allí; y después de esta vivencia mi vida nunca volverá a ser la misma.

Y una frase: “QUE HAY MIRADAS QUE NOS OBLIGAN A ABRIR LOS OJOS”.

Ana Fernández.

Joven de la parroquia Sta. Mº Magdalena (Cehegín, Murcia).