"Lo que se vive y siente en Taizé es inexplicable y os invito a todos a vivirlo"

Cuando me pidieron que escribiera un testimonio sobre mi experiencia en Taizé me alegre muchísimo, porque a mi llegada a Murcia de lo único que tenía ganas era de contar a todo el mundo lo que había vivido y sentido (a parte de una buena tortilla de patatas y jamón). Conforme iba explicando mi experiencia se me hacía realmente difícil explicar y lograr transmitir lo que sentía, porque cualquier alegría o paz exterior se quedaba corta con la interior.

Llegamos a Taizé el domingo 2 de agosto sobre la una del medio día, lo que más me sorprendió, nada más bajar del autobús, fue la cantidad de gente que había, muchísima gente que llegaba y muchísima gente que se iba a sus respectivas partes del mundo. Ese día fue el día de acogida, explicarnos como va Taizé, instalar las tiendas de campaña y ducharnos (cosa que agradecí mucho después de un viaje de 18 horas en autobús). A las 7 de la tarde era la cena, llegué al lugar donde se servía la comida y no os podéis ni imaginar las increíbles colas que se formaban, aunque la picaresca española nos ayudó a superar eso.

Más tarde, a las 20:20 era la oración de la noche, la impresión que daba esa iglesia enorme era increíble, forrada con moqueta y todo el mundo en el suelo ¡y la gente iba descalza! Comenzó la oración y todo el mudo cantaba la misma canción, en la misma lengua, ya sea polaco, alemán, francés, inglés, rumano, español… y sobretodo el mismo idioma, que es el idioma de Dios, ya fueran protestantes, católicos, ortodoxos… es una sensación de comunidad, de unión, increíble ¡5.500 personas diciendo lo mismo!

Después de la oración íbamos al lugar de ocio, el “Oyak”, donde estaban los españoles estaban las guitarras, las palmas y la fiesta.

Y así fuimos viviendo cada día, despertándonos a las 7:45 con las campanas de Taizé, yendo a la oración de la mañana a las 8:20, luego había una introducción bíblica con una reflexión muy bonita donde nos separábamos por edades en pequeños grupos para opinar sobre la lectura y decir lo que pensáramos, libremente. A las 12:20 era la oración del medio día y luego a comer y superar otra vez las colas, en la siesta podías entrar a la iglesia y dormirte un rato, la cual estaba abierta las 24 horas, podías hacer lo que quisieras, habían talleres todas las tardes y también podías volver a juntarte con tu grupo de reflexión y seguir hablando de vuestras opiniones. Se cenaba a las 7 y a las 8:20 oración de la noche y luego a bailar al “Oyak”.

Era una rutina que formabas tú tal y como querías, una libertad completa, en todos los sentidos y es que Taizé es eso, es libertad, comunidad, oración, descanso, conocerte a ti mismo, conocer quien eres aparte de conocer gente maravillosa, de buen corazón, de todas partes de España y del mundo y que no me canso de dar gracias a Dios por conocerla. Taizé es lo que recibes y sientes y, como he dicho en el principio, sería difícil describirlo por lo que ves o escuchas.

La comunidad de Taizé no solo es un lugar de “descanso espiritual” sino también un lugar de aprendizaje, de aprender a vivir con pocas comodidades, aprender a dar gracias por todo lo que tienes, aprender a ser libre, a expresarte sin miedo.

El lema de este año de Taizé como propuesta para los jóvenes es ‘’Ser sal de la Tierra’’ y por eso me quedo con una frase, de una de las canciones que se cantaban en las oraciones, traducida al español:

                  “Sé la sal de la Tierra, sé la luz del mundo que brilla en la oscuridad”

Lo que se vive y siente en Taizé es inexplicable y os invito a todos a vivirlo, es un viaje que se hace al interior de cada persona y muy enfocado a los jóvenes.

 

Irene Lozano Contreras

Joven de la Parroquia de la Asunción, de Molina de Segura.